domingo, 20 de noviembre de 2016

Entrevista en Cazarabet


El pasado 16 de noviembre los amigos de Cazarabet publicaron esta entrevista con motivo de la publicación de Contemos cómo pasó:

Cazarabet conversa con Juan A. Ríos Carratalá
-        Juan Antonio, el libro arranca en 1958, cuando está a punto de terminar el primer tramo de la dictadura, el que podemos reconocer como el más duro. ¿Por qué escoges esta horquilla que va desde 1958 a 1975?
-        Contemos cómo pasó es un ensayo con un importante componente de memoria personal y generacional. Yo nací en 1958 y, desde esa memoria, hablo de cómo vivimos el tardofranquismo los niños y adolescentes que ahora andamos cerca de los sesenta años, que es una edad propicia para los balances sin añoranza.
-        La pobreza y el hambre de la posguerra no dejaron de estar presentes en esa época, a pesar de que las cartillas de racionamiento hubieran desaparecido en 1952, ¿no?
-        La España de los años sesenta era un país fundamentalmente pobre, a pesar del desarrollismo, que alcanzó cifras espectaculares porque el punto de partida era propio del Tercer Mundo. El hambre, sin embargo, ya se había convertido en una experiencia de los padres, que como tal seguía estando presente en el ámbito familiar a través de los recuerdos y cierta actitud ante un tema tan fundamental como era la comida.
-        ¿Cómo era vivir en una dictadura desde la perspectiva de ser adolescente? ¿Crees que es uno de los mejores períodos para captar las realidades de un tiempo o un país?
-        La adolescencia es el período de los descubrimientos y la formación. Los ojos los solemos tener bien abiertos y, por supuesto, esta etapa suele ser determinante para la madurez. Nuestros cambios propios de la adolescencia se solaparon con los de un país que estaba a punto de cerrar una etapa y se abría a otra de incierto futuro. No obstante, esta evidencia la comprendemos mejor desde la memoria, desde un presente que somete al escrutinio las numerosas experiencias indelebles de aquellos años.
-        ¿La adolescencia lo ve todo de una manera diferente?
-        Lo ve como una novedad tras otra. De ahí el interés por descubrir las claves de lo que todavía no se ha convertido en una rutina.
-        Aunque cuando solo se ha conocido una dictadura, una infancia en blanco y negro, el miedo al castigo, a una palabra más alta que otra… la perspectiva debe ser un poco particular.
-        Yo soy consciente de que la generación de mis padres o incluso de quienes nacieron en los años cuarenta lo pasaron mucho peor en todos los sentidos. Nosotros nacimos con el desarrollismo, que siempre era un motivo de esperanza a pesar de las contradicciones y los sacrificios, pero teníamos en casa hermanos mayores y padres con quienes compartir recuerdos de una etapa mucho más dura.
-        Este libro es muy especial porque se articula en torno a doce personajes distintos y a veces poco conocidos. ¿Cómo te has documentado para conseguir un trabajo tan redondo como el presente?
-        Ha sido complejo. Resulta mucho más difícil conseguir información sobre un concursante de la televisión de los años sesenta que sobre un autor del Siglo de Oro. No obstante, las nuevas tecnologías han hecho posible un empeño que habría resultado imposible hace quince años.
-        ¿Varía en algo, respecto a otros libros tuyos, la metodología de trabajo que has seguido?
-        Al terminar Nos vemos en Chicote acabé exhausto de trabajar en archivos militares y ministeriales. Necesitaba volver al campo del humor como plataforma desde la cual enfrentarme a esta etapa. La metodología ha cambiado porque esa cotidianidad de la infancia y la adolescencia se encuentra en cualquier rincón de la memoria menos en un archivo o un museo. Tampoco suele aparecer en los libros, al menos en los universitarios.
-        Con los personajes, con cada uno de ellos, construyes un imaginario más allá del personaje, de sus ilusiones, de lo que son… ¿Por qué?
-        Mi objetivo es aportar una voz a la memoria colectiva de la época, que por definición es heterogénea y múltiple. Esos personajes me sirven como hilo conductor para conectar con los recuerdos y las reflexiones de los lectores.
-        Además, deducimos que aunque estemos en una prisión si nuestro pensamiento quiere puede ser libre. ¿Qué nos puedes decir al respecto?
-        La imaginación, más que el pensamiento, es imprescindible para ser libres bajo una dictadura. Contemos cómo pasó recopila numerosos ejemplos extraídos de experiencias cotidianas donde la imaginación se combinó con el humor y el deseo de ser felices.
-        No obstante, también cabe que nos aferremos a esa libertad y nos olvidemos de la libertad de quienes carecen de esa capacidad. ¿Cómo lo ves?
-        El riesgo es evidente, pero la memoria que sustenta este ensayo siempre es consciente de los problemas derivados de una dictadura que fue cruel hasta el último día. Nunca lo niego, lo recuerdo en cada página, pero si sobrevivimos a esa experiencia fue por la capacidad de encontrar salidas allá donde solo el humor, el vitalismo y la imaginación las encontraban.
-        Todos los personajes a los que te acercas tienen un perfil muy peculiar. Te acercas poco a personas con trabajos o tareas más convencionales. ¿Quizás porque estos ya los vivimos, por nosotros mismos, de manera más o menos directa?
-        El ensayo no es un estudio sociológico que deba acogerse al rigor de lo más representativo. Yo recreo aquellos recuerdos que permanecen en mi memoria y la misma siente predilección por los personajes peculiares que, ante todo, me han hecho sonreír. Los notarios o los registradores de la propiedad, por ejemplo, no se encuentran en esta nómina tan caprichosa de la memoria.
-        La vida, sin lugar a dudas, sería muy aburrida o nada estimulante sin personajes como los de tu libro, ¿no?
-        Yo escribí Contemos cómo pasó para compartir con los lectores la alegría de recordar personajes y experiencias que nunca salen en los libros de historia, pero que nos divirtieron y nos hicieron felices, incluso en unos momentos bastantes duros. Varios de mis libros son un agradecimiento a quienes me han hecho sonreír porque todavía no he conocido una experiencia más gratificante.
-        Además, serán personajes teñidos, me refiero a que son reales, pero con tintes de ficción o algo muy especial. ¿Qué nos puedes decir?

-        Todos son reales, pero desde el momento en que solo habitan en el mundo de los recuerdos están teñidos de ficción, que es un componente imprescindible para el ejercicio de la memoria. En cualquier caso, la realidad es tan rica en todos los sentidos que nunca he necesitado inventarme un personaje o un hecho. Basta con saberlos recrear para que nos parezcan atractivos y hasta excepcionales, incluso los escondidos en los más recónditos rincones de la memoria.

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