jueves, 16 de noviembre de 2017

Entrevista en La Memoria

Os paso la nota de prensa y el enlace a la entrevista emitida por Radio Andalucía con motivo de la edición de Suelas gastadas:




Periodistas y escritores comprometidos de la II República y la Transición, en ‘La Memoria’ - Entrevista con el catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá, autor del libro ‘Suelas gastadas’ - Una justicia postfranquista persiguió a los periodistas que denunciaron injusticias, corrupción y tramas golpistas durante la Transición RTVA/Isla de la Cartuja (Sevilla), 15 de noviembre 2017.- El programa La Memoria de Radio Andalucía Información (RAI), el espacio radiofónico pionero sobre la memoria histórica, dirigido y presentado por Rafael Guerrero, ofrece esta semana una entrevista con el catedrático de Literatura de la Universidad de Alicante Juan Antonio Ríos Carratalá, a propósito de su último libro titulado ‘Suelas gastadas’, sobre periodistas y escritores en tiempos de cambio como la Segunda República y la Transición, editado por Renacimiento. Ignacio Carral, Ramón J. Sender, Luisa Carnés, Paco Candel, Luis Carandell o Xavier Vinader son ejemplos de escritores que escudriñaron en la cara más oculta de la realidad, arriesgando incluso sus vidas, como este último periodista catalán que tuvo que exiliarse a Francia tras ser condenado por denunciar las tramas ultraderechistas en connivencia con las fuerzas policiales de entonces, en una Transición democrática marcada por la inercia postfranquista con una libertad de expresión sometida a tremendas presiones. De hecho, hubo cientos de juicios sobre libertad de expresión contra periodistas. “La historia de la Transición hay que buscarla más en la revistas que en los libros, más en las hemerotecas que en las bibliotecas”, afirma el profesor Carratalá. El entrevistado critica a Ramón J. Sender, que se obsesionó con arremeter contra Azaña por la matanza de Casas Viejas en enero de 1933 en vez de culpabilizar al capitán Rojas “un auténtico asesino en serie”, como demostraría en su actuación represora tras el golpe militar en Granada. Carratalá desmonta el mito de Ramón J. Sender afirmando que “antepuso el relato novelado al rigor del relato periodístico”. La Memoria concluye con el repaso a la actualidad semanal sobre la memoria histórica en el Noticiero. RTVA/15/11/2017 Emisión.- Jueves, 16 de noviembre de 2017, a las 19 horas en Radio Andalucía Información. Redifusión, domingo siguiente a las 9 de la mañana. Frecuencias RAI.- http://www.canalsur.es/Frecuencias_Canal_Sur_Radio/825107.html Descarga en internet.- Los últimos programas, en “radio a la carta” de la web de la RTVA http://alacarta.canalsur.es/radio/programa/la-memoria/72 y el histórico de todos los programas, en el blog de ‘La Memoria’: http://blogs.canalsur.es/lamemoria/ Suscripción por internet.- Se aconseja la suscripción por el sistema podcasting, siguiendo las instrucciones en www.rtva.es a través de “radio a la carta”. También, seguimiento en la red social Twitter como @lamemoriaradio

http://www.canalsur.es/multimedia.html?id=1223510


miércoles, 8 de noviembre de 2017

Ramón J. Soria escribe sobre Manuel Martínez Gargallo

Ramón J.Soria ha publicado el siguiente texto en el número de Ctxt del 8 de noviembre de 2017:

El Jueves, raperos, chisteros, twitteros… comienzan a sufrir sin cuento la ley mordaza. Y este cuento se remonta a los polvos de estos lodos, o más atrás… va:
El juez. Imaginen que ustedes hacen chistes para los periódicos, caricaturas, humor gráfico, dibujitos, historietas… como hacen aquí J.R. Mora, Malagón, Pedripol, Luis Grañena, Boca del logo o las semblanzas políticas de Gerardo Tecé… La gente lee, los mira, sonríe, puede que algún lector se eche incluso una carcajada, o tal vez se moleste o incluso se moleste mucho si ese monigote le alude o le saca gordo o feo o el chiste le hace gracia hasta a su hijo. Cosas del humor que a veces es ácido, tosco, fino, surrealista, bestial. Qué más da, es humor.
Ahora imaginen que un juez les procesa por eso. Manda a sus fiscales o a sus funcionarios a las hemerotecas a que recorten esos chistes o esos articulillos para utilizarlos como pruebas de cargo y acusarles de cosas muy graves, por ejemplo: rebelión, rojez, injuria, vida desordenada, burla a la autoridad… cualquier cosa. Le detienen y le hacen un juicio, todo eso en unos días o unas pocas semanas. Entonces es usted condenado, por ejemplo, a la pena de muerte. Y le matan, por un chiste gracioso y hasta por uno sin gracia.
IMAGÍNENSE USTEDES YENDO A LA HEMEROTECA CON LAS TIJERAS PARA RECORTAR CHISTES DE REVISTAS ANTIGUAS, A VECES CON POCOS LECTORES, A VECES CON MUCHOS, PORQUE SU SUPERIOR LES HA MANDADO QUE BUSQUE “PRUEBAS” PARA QUE LA CONDENA A MUERTE NO PAREZCA LO QUE ES, UN AJUSTE DE CUENTAS
Esto ocurrió aquí, en nuestro país, esos juzgados legales estaban en un sitio que conoce usted bien si es de Madrid, los juzgados estaban en lo que es hoy el Palacio de la Prensa, un bonito edificio de los años veinte. El juez que procesaba y condenaba a muerte a los humoristas y periodistas se llamaba Manuel Martínez Gargallo. Copio las primeras líneas inocentes que hay de él en Wikipedia: “(1904 -1974), escritor, humorista y juez español que usó el pseudónimo de "Manuel Lázaro". Se le considera miembro de la llamada "Otra generación del 27", la de los humoristas discípulos de Ramón Gómez de la Serna, formada por Edgar Neville, Miguel Mihura, Pedro Muñoz Seca, Tono y Enrique Jardiel Poncela, entre otros.” Ya no copio más. Un tipo corriente, hasta majo, un colega de los humoristas que, tras la Guerra Civil, él mismo procesaría, juzgaría y condenaría a muerte. 
No escribo nada nuevo. El historiador Juan A. Ríos Carratalá cuenta y analiza todo esto en el ensayo Nos vemos en Chicote, publicado por la editorial Renacimiento hace dos años. Pocos libros, y hay muchos, sobre la inmediata posguerra, me han producido tanta perplejidad, tanto estupor y tanto espanto. Con este tema del callejero y la memoria histórica hemos descubierto que hablar de los verdugos es siempre muy molesto. Porque los verdugos no eran Pepe Isbert y compañía sino todos esos funcionarios y “mandados” que fabricaron e hicieron funcionar el bien engrasado aparato franquista de asesinar bajo el tenue barniz de la legalidad inventada. Jueces, fiscales, funcionarios y demás leguleyos condenando a muerte a un chistero por hacer un chiste años antes, sobre tal o cual tema, tal o cual político o militar o capitoste de derechas. Parece increíble. Una broma pesada. Un mal chiste con final trágico y poco cómico. Imagínense ustedes yendo a la hemeroteca con las tijeras para recortar chistes de revistas antiguas, a veces con pocos lectores, a veces con muchos, porque su superior les ha mandado que busque “pruebas” para que la condena a muerte no parezca lo que es, un ajuste de cuentas, una venganza, una forma absoluta de banalizar el mal, de asesinar porque sí, por fría voluntad de aniquilación.
Esa gente, esos verdugos, no tienen calles, ni salieron en las películas de Berlanga. Nadie los conoce, vivieron sus vidas tranquilamente, siguieron sus carreras y sus aburridos escalafones. Tras esa minuciosa escabechina cambiaron de destino, se jubilaron, murieron en paz tras recibir los santos sacramentos y muchas veces ni sus hijos sabían lo que hacían o si lo sabían prefirieron hacer como que no sabían o no se acuerdan. De todo hay. Repito lo que cuenta en extenso Ríos Carratalá, este juez, antes de ser juez, era escritor de cuentitos de humor entre 1926 y 1931 y publicaba en los muchos diarios que había entonces: Blanco y NegroABCCinegramasLa Gaceta LiterariaNuevo MundoBuen HumorCosmópolisOndasGutiérrez. Luego se hizo juez, suponemos que porque del humor se vivía mal y daba pocas perrillas o porque ser juez era más honorable y más temido. El caso es que durante la guerra llegó a capitán del cuerpo jurídico y, tras la guerra, fue nombrado juez instructor del Tribunal Especial de Prensa cuyo objetivo era procesar, detener, juzgar y condenar a escritores, periodistas y dibujantes más o menos afines a la república, más o menos chistosos y brillantes. Uno de estos periodistas condenados a muerte se llamaba Diego San José. Ustedes no le conocen.
El payaso. Saltemos ahora de personaje, vayamos al de la foto. Sí, es él aunque no lo parece. Parece el primo segundo de Fred Astaire, el medio hermano de Maurice Chevalier si no fuera por la cuenca vacía emborronada en la foto y ese brazo ausente. Ha quedado definido para la historia por unos cuantos brochazos gruesos: fundador, junto con Franco, de la Legión, bocazas, pendenciero, gallito con mala suerte… Con apenas diecisiete años ya era teniente segundo y se fue a hacer su primera guerra a Filipinas. Luego vuelve, se casa con la hija de un general, estudia cómo organizar el Tercio de Extranjeros, que se llamará, sin pecar de original, La Legión. Sus heridas no fueron demasiado heroicas. La primera en el pecho mientras andaba dando órdenes para la toma de Nador. La segunda en la pierna durante una retirada. La tercera en el brazo izquierdo cuando se acercó a primera línea de un combate a dar unas voces aguardentosas y arengar a los soldados, que era lo que de verdad se le daba bien. La cuarta en la mejilla y el ojo mientras daba órdenes para fortificar una loma recién tomada al enemigo marroquí. Le gustaban las valentonadas alejadas de cualquier prudencia estratégica y eso suele pagarse. Ya conocen su filosofía de vida, resumidas en los famosos lemas “¡Viva la muerte!” y “¡A mí la Legión!”. Desconozco si tuvo algo que ver con el tema de la cabra, pero no me extrañaría porque le pega.  Así que llega a la Guerra Civil con diversas discapacidades y no pudo seguir exponiéndose a ser herido a riesgo de quedarse sin otras partes del cuerpo que ya no tenía duplicadas. Dejará los tiros y las razzias a otros, se dedicará a dirigir por un tiempo la Oficina de Radio, Prensa y Propaganda. Pero lo que nos ha quedado de él fue la trifulca famosa con Miguel de Unamuno. No voy a repetir entera la siniestra historieta que tan bien ejemplifica el talante del franquismo hacia los que utilizaban la cabeza para pensar y no para embestir. Sólo copiaré un fragmento de lo que dijo Unamuno del personaje aquel día infausto y legendario de 1936: “(…). Me atormenta el pensar que el general Millán-Astray pudiera dictar las normas de la psicología de la masa. Un mutilado que carezca de la grandeza espiritual de Cervantes, es de esperar que encuentre un terrible alivio viendo cómo se multiplican los mutilados a su alrededor”. En estas ya sabemos que a Millán-Astray se le llenó la boca de espumarajos y soltó aquello o cualquier tremebundia semejante: “¡Muera la intelectualidad traidora!, ¡viva la muerte!” otros dicen que dijo “¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte!” Tanto me da. A lo que Don Miguel, con dos huevos, genio y figura para tocar los cataplines a todo el mundo a lo largo de su vida, le repuso: éste es el templo de la inteligencia, y yo soy su sumo sacerdote. Estáis profanando su sagrado recinto. Venceréis, porque tenéis sobrada fuerza bruta. Pero no convenceréis. Para convencer hay que persuadir, y para persuadir necesitaréis algo que os falta: razón y derecho en la lucha. Me parece inútil el pediros que penséis en España. He dicho”. Y claro, con la Universidad atiborrada de falangistas y demás avifauna fascista, pelotera y sacra, aquello fue el acabose, iban a dar “hondonadas de ostias” a ese viejuco-vasco-mosca-cojonera. Pero no, se salvó de los capones, los “quetepegoleche” o de cuatro tiros que le hubieran metido con gusto muchos de los allí reunidos. Eso nos queda en la gran historiografía del quebrado Millán, su macarrismo africanista, sus altanería idiotesca, sus pocas lecturas y su breve filosofía funebrista simplicísimus. (para ampliar el evento y sus consecuencias). 
Apenas se conoce, por ejemplo, que era un romántico pichabrava. En 1941 se enamorará en una partida de cartas de Rita Gasset, hija de ministro republicano y prima de José Ortega y Gasset. Deja a su amante embarazada, se separa de su mujer y se va con su amor a Lisboa donde nacerá su hija, de nombre Peregrina. 
Tampoco se conoce otra causa que no le redime, ni le perdonaremos por ello la cosa del ¡viva la muerte!, el gusto por los tiritos, asustar a viejos filósofos o el chusco asunto de la cabra, pero nos puede dar un perfil algo más rico del personajillo. El caso es que a José Millán-Astray le gustaban mucho los artículos y novelitas del periodista Diego San José, eran compañeros de tertulia en el Gato Negro. Antes de la Guerra Civil. Cuando el fundador de la Legión llegaba al cafetín decían los tertulianos con guasa madrileña que habían llegado “los restos de Millán-Astray”. A Diego le apodaban “el menino” por su baja estatura. Ya se sabe que el humor grueso no mata y que el cachondeo, los motes o apodos chuscos entre amigotes siempre es bien tolerado. Incluso el periodista republicano le redactó las memorias a Millán antes de la Guerra. Después ya sería otra cosa. Se acabó el humor directo y libre por muchos años.
El plumilla. Así que pasemos ahora a conocer a Diego San José. Nos quedamos con él, pero podríamos citar y enhebrar la vida de otros muchos escritores, periodistas o humoristas que se cepilló el juez Manuel Martínez Gargallo. Por cierto, se me había olvidado que también condenó a muerte a Miguel Hernández. Manolito era un tipo muy eficiente en eso de limpiar España ¿tal vez porque el fanático juez sabía que la poesía era un arma cargada de futuro?  
Pero imaginen por un momento a Diego San José. Madrileño de pura cepa, regordete, amable, simpático, ya dijimos que bajito y ojos saltones como en un asombro permanente. Hay que reconocer que era un plumilla de raza, un periodista fértil, un escritor prolífico y famoso antes de la guerra: colaboraciones cómicas, comedias en verso y prosa, artículos regulares en el ABCLos Lunes de el ImparcialEl GloboLa MañanaEl Liberal, más de setenta novelitas cortas costumbristas, históricas, picarescas a la moda de entonces, quizá de un estilo demasiado añejo, también poesía, zarzuela, actualización de Fuenteovejunas y otras obras clásicas, más artículos algo relamidos y arcaicos, y hasta la letrilla famosa del villancico “arre borriquito” ¿alguien da más? Sí, once artículos de propina en El Liberal y El Heraldodefendiendo la legitimidad republicana o criticando los ademanes y hechos bestiales de las tropas facciosas (aunque él no militaba en ningún partido) ¿tal vez le trincaron por la envidia del ex chistero sin éxito y ahora grisáceo juez Martínez Gargallo? Quien sabe. Resumamos lo que llegó después. Consejo de guerra. Cargos: “delito de adhesión a la rebelión militar y los agravantes de perversidad del delincuente, trascendencia del delito y gravedad del daño causado”. Para alucinar.
LOS QUE A MÍ ME DAN MIEDO SON LOS OTROS, LOS GRISES LEGULEYOS, LOS JUECES QUE BUSCABAN PRUEBAS EN LAS HEMEROTECAS, LOS SECRETARIOS DEL JUZGADO QUE SE INVENTABAN CARGOS, LOS FISCALES QUE UTILIZABAN LA RETÓRICA RETORCIDA DE LAS NADERÍAS
¿Se imaginan la cara de Diego cuando se entera que quién le va a juzgar era su excompañero plumilla? ¿el acojono al descubrir que las pruebas de su “delito” son los artículos de prensa recortados por el secretario judicial de la Hemeroteca de Madrid y que a otros colegas les ha condenado a muerte por un solo chiste cualquiera? Primero es condenado a 12 años de cárcel, luego, insatisfecho el auditor con la “intensidad” de la sentencia, se revisa y se le condena a la pena de muerte. Café, mucho café. Pero más tarde se le conmuta a 30 años gracias a la intercesión de su compañero tertuliano mediohombre Millán-Astray al que la mujer del periodista irá a rogar in extremis. Suponemos que Millán hace sus llamadas: ¡Oye Paco, qué cojones, ni se os ocurra fusilar al menino, que es amigo de farra y le conozco! Cárcel madrileña de Porlier, traslado a la terrible prisión de la Isla de San Simón, en Redondela, luego a la cárcel de Vigo ¿Sobra decir que las cárceles de entonces poco tenían que envidiar en el trato y las condiciones a los campos de concentración de los nazis?, ¿que el número de presos y presas muertas por esas condiciones de hacinamiento, maltrato, torturas, enfermedades sin tratar, frío y mala alimentación es interminable? ¿que el condenado por ese mismo juez, Miguel Hernández, fue uno de esos muertos tras una agonía espantosa? Al menos Diego tiene suerte y buenos amigos que dieron la cara por él. Saldrá de la cárcel a los pocos años, cinco, que no son pocos ni lo serán nunca porque de esos años terribles no se recuperará nunca. Logró encontrar trabajo gracias su amigo José Regojo. Volverá a colaborar de cuando en cuando en la prensa, con el ojo negro de la censura puesto siempre en su pluma. Publicará sobre todo en El Faro de Vigo, bajo seudónimo y escribirá más de 80 o 90 libros que ya no verán nunca la luz. Muere en el 1962. Muchos años después. Muchos, muchos, porque el miedo aún duró mucho tiempo en el corazón de los vencidos y los aplastados. En 1988, se publica la obra donde cuenta sus penurias y duras supervivencias de preso kafkiano. Lo titula De cárcel en cárcel. Su lectura acongoja y acojona a partes iguales a poco que uno se ponga en su pellejo. Pero en estas memorias ni siquiera cita los nombres de sus acusadores, de todos esos funcionarios banales, de sus verdugos, ¿por miedo a pesar del tiempo transcurrido? ¿porque no merecen el honor de ser siquiera recordados o denunciados en un humilde libro? Más bien porque estamos inaugurando los años sesenta y los jueces franquistas siguen en ejercicio y cierto general de vocecita siniestra, baja estatura, barriguita fajada, andar poco airoso, megalómano, necio y bastante espantajo tanto de joven como ahora de viejo sigue dando mucho miedo. Y desde el periodismo cientos de plumillas babosos, pelotas y corifeos, los Pemanes y los Giménez Caballeros, asimilables y recambios más jóvenes siguen haciendo la ola a Franco, a sus desmanes, a su marco legal, a lo que hizo y por qué y hasta cuándo…
Si, es verdad, Millán Astray era un payaso macarra y como él hubo muchos militares, religiosos, facinerosos, falangistas, banqueros, estraperlistas y tragasables. De ellos ya hemos hablado muchas veces y por fortuna sus nombres y gestas van desapareciendo del callejero y apareciendo en la historia tal como de verdad fueron: aprovechados, asesinos, miserables, brutos, retorcidos, tramposos, ladrones... Pero los que a mí me dan miedo son los otros, los grises leguleyos, los jueces que buscaban pruebas en las hemerotecas, los secretarios del juzgado que se inventaban cargos, los fiscales que utilizaban la retórica retorcida de las naderías, los policías que daban hostias para arrancar mentiras, toda esa horda silenciosa que “banalizaba el mal” y eran unos “mandaos” aunque luego, al acabar la dictadura, se escaquearon, se hicieron los olvidadizos, se jubilaron de todo y fueron tipos honorables que tomaban vermú e iban de paseo por el espolón. Esos sí que dan terror y no los Millán Astray a los que se le iba la fuerza por la boca y eran aplastados y convertidos en insignificantes hormigas gritonas por las palabras afiladas y sabias de un anciano profesor de 72 años llamado Don Miguel. Me asustan, me asustarán siempre los tipos como Manuel Martínez Gargallo, los obedientes, los hombres grises, los “mandaos”. Y también una sociedad que se encogió de hombros y no les dijo nada cuando aún era tiempo, ni tampoco después, ni ahora. 

lunes, 23 de octubre de 2017

Un escritor en las cárceles franquistas

El escritor y crítico Rafael Narbona ha publicado en Revista de Libros una excelente reseña de mi edición de la obra de Diego San José:

Ignoraba que Diego San José, y mi padre, Rafael Narbona, habían mantenido una relación de cordial amistad, pese a que les separaban casi tres décadas. Diego San José nació en 1884 en Madrid. Mi padre, en Córdoba, en 1911. Ambos eran escritores y periodistas en una época caracterizada por las tensiones políticas y sociales. Antes de la guerra, Diego San José disfrutó de una enorme popularidad como periodista, autor teatral, novelista, poeta, letrista de zarzuelas y villancicos, como el popular «Arre borriquito». Colaborador habitual de El ImparcialEl Heraldo ABC, Manuel Machado prologó una de sus primeras obras poéticas, Libro de diversas trovas (1913). En la tertulia de El Gato Negro, frecuentada –entre otros‒ por Emilio Carrere, Pedro de Répide y el escultor Victorio Macho, conoció al general José Millán-Astray, un militar culto y con inquietudes literarias, pese a que la posteridad lo recuerda como un energúmeno, no sólo por su papel –muy notable‒ en la guerra de Marruecos y su participación –poco relevante‒ en la Guerra Civil, sino por su célebre y confuso altercado con Miguel de Unamuno en el Paraninfo de la Universidad de Salamanca. A pesar de sus diferencias ideológicas, se hicieron amigos hasta el punto de que San José aceptó el encargo de escribir sus memorias.
Cuando se produjo el levantamiento militar, el escritor se alineó con la Segunda República, ocupando durante un tiempo la jefatura de prensa de la Dirección General de Seguridad. Desde su puesto, realizó gestiones para proteger a Pedro Muñoz Seca –tristemente infructuosas‒ y a los hermanos Álvarez Quintero. Sin afiliarse a ningún partido político, la violencia de las milicias revolucionarias le causó horror y consternación, pero no retiró su apoyo al gobierno republicano. El 10 de abril de 1939 fue detenido y, más tarde, procesado por el Tribunal Especial de Prensa, que inicialmente lo condenó a doce años. El juez Manuel Martínez Margallo consideró insuficiente el castigo y, en una nueva revisión del caso, le impuso la pena de muerte por «adhesión a la rebelión militar». Suele incluirse a Martínez Gargallo en la «Otra Generación del 27» (Edgar Neville, Miguel Mihura, Enrique Jardiel Poncela) por sus narraciones humorísticas firmadas con el seudónimo «Manuel Lázaro». Amigo íntimo de César González-Ruano y Camilo José Cela, se mostró particularmente implacable con sus antiguos colegas. Firmó la condena a muerte de Miguel Hernández y del dibujante Enrique Martínez Echevarría, que había ilustrado sus propios cuentos. Gracias a la intervención de Millán-Astray, la pena de muerte de Diego San José se conmutó por cadena perpetua. Años más tarde, el escritor agradecería el favor, escribiendo su necrológica, pero sin firmarla.
Hace unos meses, el nieto de Diego San José se puso en contacto conmigo por medio de las redes sociales, enviándome cartas y notas que su abuelo y mi padre habían intercambiado durante los duros años de la posguerra. Fue una grata sorpresa que aún se hizo más emotiva cuando nos conocimos en persona e intentamos reconstruir una relación de la que sólo conservamos los documentos y los recuerdos de María del Carmen, una de las hijas del escritor, que aún vive y no ha perdido un ápice de lucidez. Con sus noventa y dos años, desborda humor, inteligencia y esa elegancia de otro tiempo, cuando la delicadeza y la serenidad ejercían una estricta tutela sobre el comportamiento. Aún recuerda la dirección de mi padre en Madrid y no ha olvidado que fue secretario de los hermanos Álvarez Quintero. Conocer a María del Carmen y a Diego, su sobrino, y nieto del escritor, constituyó una experiencia muy grata que confirmó la necesidad de preservar y recordar el pasado, no sólo por sus vínculos con nuestra propia historia personal, sino por su carácter iluminador de un presente que aún no se ha librado del trauma de una guerra civil y una larga dictadura. Diego me entregó un ejemplar de la obra autobiográfica de su abuelo, titulada de De cárcel en cárcel. Publicada por primera vez en 1988, la edición contenía infinidad de erratas. El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá corrigió y depuró el texto, completándolo con un apéndice que reproduce y estudia con rigor el expediente judicial del escritor, mostrando el ensañamiento del juez Martínez Gargallo y la indefensión de los presos políticos republicanos, sin otra alternativa que buscar avales de personalidades afectas al régimen.
Ferviente admirador de los clásicos, San José –que había llevado a cabo una meritoria refundición de Fuenteovejuna‒, escribió De cárcel en cárcel con una prosa limpia y sencilla, que testimonia su sufrimiento interior sin caer en la autocompasión o el sentimentalismo. No es necesaria la retórica cuando los hechos desnudos producen un espanto sin límites. A poco de ser detenido, un esbirro le extiende su pistola, invitándole a volarse la cabeza: «Siempre es mejor morir de un solo tiro en la cabeza que acribillado a balazos». Los malos tratos se alternan con las humillaciones, que privan a los presos de cualquier forma de intimidad o dignidad: «Había un retrete inodoro, del que todos habíamos de servirnos cuando fuese menester, a la vista de los demás». Durante los cacheos, se roban sistemáticamente carteras, relojes, sortijas, estilográficas. Las celdas son húmedas y oscuras, verdaderas zahúrdas que parodian el sentido de la justicia simbolizado por la mítica imparcialidad de Themis. Los falangistas pasean sus «cinco flechas envenenadas» por las treinta y seis cárceles del Madrid de 1939, muchas de ellas antiguos conventos que el clero ha prestado con entusiasmo, feliz de contribuir a la «limpieza» de España. Los traslados son habituales e intempestivos. No se informa ni avisa a los detenidos y a sus familias con el fin de incrementar su angustia. No hay otro lecho que el «microscópico espacio de dos ladrillos», lo cual obliga a todos los presos a concertar sus movimientos para cambiar de postura. Quienes sobreviven a las torturas reciben cuidados médicos hasta recobrarse y poder desfilar ante el piquete de ejecución. Estar afiliado a un partido o sindicato, haber participado en una huelga o haber expresado palabras ofensivas hacia el nuevo régimen y su Caudillo son delitos suficientemente graves para ser fusilado en las tapias del cementerio del Este. En algunos casos, se emplea el garrote vil, añadiendo a la muerte una nota de infamia, pues se considera un método reservado para los delincuentes comunes. Un preso que sobrevive a las balas es ahorcado para no brindarle una nueva oportunidad al azar.
El primer juicio de Diego San José es una parodia. El segundo, una mascarada perversa. En los tribunales, el escritor coincide con mujeres que se enfrentarán a jueces tan siniestros como los verdugos de Mariana Pineda. Cuando el director de la prisión le pregunta a San José por su comparecencia ante el juez, contesta que lo han comparado con Erasmo, Voltaire y Rousseau, responsables de la Reforma y la Revolución francesa. Asombrado, el funcionario inquiere: «Y a esos, ¿cuánto les han pedido?». Las noches en prisión son especialmente penosas cuando la sombra de «La Pepa» ronda por los pasillos, con el nombre de los condenados en los labios. Los carceleros disfrutan pronunciando lentamente el nombre de pila y, poco después, el primer apellido, dejando en vilo el alma de quienes no sabrán su destino hasta escuchar el final. El «espíritu cristiano» de la nueva España se nutre de «infamias, sangre, odio y lágrimas». San José pronostica que Franco –«vanidoso, vacío y cruel»‒ será recordado como un nuevo Fernando VII. El escritor no niega el «terror rojo» de los primeros meses de la guerra, pero afirma que los responsables fueron maleantes que se saltaron las leyes y no reconocieron ninguna autoridad, aprovechando las circunstancias para cometer todo tipo de iniquidades. En cambio, los sublevados actúan conforme a un plan de exterminio. La iglesia católica secunda ese propósito. Los sacerdotes aplauden las ejecuciones y animan a proseguir el escarmiento. En las cartas pastorales de los obispos, no hay rastro de piedad y perdón. Por el contrario, el rencor y el odio se exhiben sin pudor. Operado de una hernia inguinal, San José ocupa el lecho de un preso que ha muerto esa misma tarde. El enfermero lo tranquiliza, contándole que ha puesto sábanas limpias: «El que estaba antes ha muerto de una paliza que le atizaron en la comisaría, y eso, aunque es cosa que se pega, no se contagia». 
Las visitas de gerifaltes de la Alemania nazi o la Italia fascista se celebran incrementando las ejecuciones. San José relata que algunos afrontan la muerte con serenidad; en cambio, otros se desmoronan, como un joven de veinte años que grita desesperado su edad, clamando que apenas ha vivido. El 14 de abril de 1940 se cobra ciento cincuenta víctimas en Madrid, incluidas veinticinco mujeres. Pedro Luis Gálvez coincide con San José en la cárcel de Porlier. Poco antes de salir hacia la muerte, entrega a otro recluso un soneto en el que se despide de su familia. Un guardia lo intercepta y, tras leerlo, lo rompe en pedazos, exclamando: «Sensiblerías y ñoñeces de última hora». Cuando se aplica la Ley de Fugas en los recintos penitenciarios, el soldado que ha disparado, lejos de ser reprendido o investigado, recibe diez duros y días de permiso. En medio de esta barbarie, despunta la piedad en el lugar más inesperado. Millán-Astray convoca a la familia de Diego San José para comunicarle que han indultado al escritor. Su mujer y sus hijos se echan a llorar de alegría: «¡No lloréis, porque me haréis llorar a mí también!», suplica el general. Emilio Carrere, Cristóbal de Castro, Tirso Escudero, Joaquín Álvarez Quintero y otras figuras públicas han intervenido para lograr que se anule la sentencia. Otros se han mostrado reacios. El general Varela atiende a la mujer de San José, prometiéndole hacer lo que pueda, pero no oculta su desprecio: «Periodistas y policías: mala gente». San José se libra de la muerte, pero es trasladado lejos de Madrid para alejarlo de su familia. Enviado a Galicia, será confinado en el penal de la isla de San Simón, donde las condiciones de encierro se relajarán, salvo en el aspecto religioso. Sucesivos sacerdotes impondrán una tediosa disciplina de misas, confesiones, rosarios y catequesis. Su familia se instala en Redondela y, gracias a la ayuda del empresario José Regojo, finalizan sus calamidades materiales. Diego San José será puesto en libertad en 1944. Su fama caerá en el olvido, pero no dejará de escribir. Publicará algunas colaboraciones en El Faro de Vigo con el seudónimo «Román de la Torre». Su último libro, Estampas nuevas del Madrid viejo, lo dedica a José Regojo y a su esposa Rita Otero Fernández, hermana de Ernestina Otero Sestelo, notable pedagoga y maestra. Los tres desplegaron todas sus energías para auxiliarlo durante su cautiverio y ayudarlo después de su liberación. San José falleció en 1962, dejando ochenta obras inéditas.
De cárcel en cárcel es un libro esencial para comprender la represión de la posguerra y el clima de opresión impuesto por la dictadura franquista. Sin embargo, no es una obra lúgubre que se complazca en una visión pesimista de la condición humana. San José nos habla de funcionarios de prisiones benevolentes, de guardias civiles que intentan no agravar el sufrimiento de los presos, de sacerdotes y monjas que actúan con sensibilidad, de reclusos comunes que respetan a los presos políticos y comparten con ellos sus escasas pertenencias. Sólo los falangistas se comportan con un sadismo impenitente, mostrándose desafiantes y violentos en todo momento. La calidad moral de San José se pone de manifiesto durante un traslado de prisión a pie en el Madrid ocupado por los golpistas. El responsable de su custodia se relaja hasta el extremo de cruzar la calle y dejar que el tráfico los separe. El escritor puede huir, pero no quiere perjudicar a su acompañante, que lo ha tratado con consideración. Además, su edad y su hernia lo convierten en un improbable fugitivo. San José no incurre en ningún momento en el odio y el revanchismo. Desconozco cómo fue su amistad con mi padre, pero al conocer a su familia, extremadamente amable y cordial, no me cabe ninguna duda de que constituyó algo hermoso y notable. Cuando los afectos sortean décadas y propician encuentros, como el que se ha producido entre su nieto y yo, no puede hablarse de azar, sino de una misteriosa providencia que intenta preservar los aspectos más nobles de la existencia, como la amistad, la literatura y la esperanza.
Rafael Narbona es escritor y crítico literario. Es autor de Miedo de ser dos (Madrid, Minobitia, 2013) y El sueño de Ares (Madrid, Minobitia, 2015).

jueves, 12 de octubre de 2017

Una reseña de Contemos cómo pasó

El profesor José Antonio Pérez Bowie, catedrático de la Universidad de Salamanca, acaba de publicar una reseña de Contemos cómo pasó en la prestigiosa revista Anales de Literatura Española Contemporánea, que se edita en EE.UU. Os paso a continuación el texto de la reseña junto con una foto de Adriano Celentano, uno de los muchos referentes culturales abordados en el citado libro:



El profesor Juan Antonio Ríos Carratalá lleva varios años entregado a una peculiar revisión de la historia española reciente, tarea en la que se conjugan en una combinación divertida y fructífera la recurrencia a los testimonios de la cultura popular (prensa, cine, televisión, teatro, canciones) y las aportaciones de su propia memoria y de su capacidad de observación. Fruto de esa revisión han sido libros como La memoria del humor (2005), La sonrisa del inútil. Imágenes de un pasado cercano (2008), Usted puede ser feliz. La felicidad en la cultura del franquismo (2012), Quinquis, maderos y picoletos. Memoria y ficción (2014), Nos vemos en Chicote. Imágenes del cinismo y el silencio en la cultura franquista (2015). Esta vez el relato ofrece una enriquecedora variante pues su autor ha optado por implicarse personalmente en el mismo, presentando sus reflexiones sobre la realidad que aborda desde la óptica de sus propias vivencias del niño o del adolescente que fue. Significativamente, las fechas que enmarcan el periodo elegido son las del año de su nacimiento (1958) y las del año en que comienza sus estudios universitarios (1975), que coincide con la muerte del dictador y con el inicio del proceso de transformación que iba a experimentar España. No obstante, la elección de estas fechas no implica el establecimiento de un marco cronológico estricto pues la escritura deliciosamente errática de su autor, que discurre siguiendo el fluir caprichoso de la memoria, determina que ambos márgenes se vean a menudo superados. Por otra parte, Juan Antonio Ríos, pese a esa novedosa apelación a su biografía personal, dista mucho de la arrogarse una función protagonística y de erigirse en centro de la historia que narra; al contrario de lo que suele ser usual en las tan en boga “escrituras del yo”, su ubicación está en los márgenes de ese relato, con la actitud de un modesto cronista que recuerda y comenta con ironía, no incompatible con alguna dosis de nostalgia, la vida que pululaba en derredor. Y en línea con lo que es habitual en sus libros precedentes no es la Historia con mayúsculas el objeto de su atención, sino los flecos de la misma que suelen ser despreciados o desatendidos por los cronistas que han dibujado el tapiz donde se recogen los acontecimientos claves de un periodo: vivencias cotidianas, anécdotas sin trascendencia, personajes oscuros o insignificantes, muchas veces anónimos, que son revividos por la memoria del autor para iluminar rincones que habían quedado fuera del foco de los relatos oficiales y añadir a estos la dosis de calor y humanidad de la que carecen. Y también, en ocasiones, son objeto de su atención algunos personajes pertenecientes al universo de la ficción cuyas historias contribuyeron a alimentar las existencias grises de la gente de a pie, especialmente en unos años como los acotados, cuando la ficción, como señala el autor, “era disfrutada y compartida simultáneamente por una mayoría hasta el punto de convertirse en seña de identidad colectiva” (p. 146). Otra de las aportaciones de Juan Antonio Ríos en sus evocaciones del pasado, y especialmente en este libro, es la plena libertad con que las emprende, alejado de cualquier pretensión de rigor e ignorando deliberadamente la línea que separa lo vivido de lo imaginado, pues se manifiesta consciente de que “la realidad, puesta a ser recordada, debe contar con las ayudas de la ficción para extraer la correspondiente enseñanza o, en su defecto, para resultar placentera, que no es poco” (p. 165). Esa renuncia al rigor privativo de los autores que se invisten de la función de cronistas se debe a la errancia antes mencionada de la escritura de Juan Antonio Ríos, atenta tan solo al fluir inconsciente de la memoria a la que afloran “recuerdos aislados, fragmentarios y un tanto caóticos cuyo hilo conductor resulta tan misterioso como el cambalache de la vida”; especialmente en una edad en que uno tiende a aferrarse a los momentos de plenitud ya vividos, pues tales momentos comienzan a escasear cuando el presente tiende a menguarlos “con la colaboración de achaques, resignaciones y frustraciones carentes de segunda convocatoria” (p. 11). Y con relación a la aparente incoherencia que le lleva a su escritura a fusionar de los territorios de la ficción y de la realidad la justificará por las propias peculiaridades de la memoria individual, la cual, aunque es “un acto que no renuncia al rigor del conocimiento (…), también es creativo por la selección y la ordenación de referentes a la búsqueda de un desenlace”. Y esa misma creatividad la dota de una dimensión ficcional en virtud de la cual “no precisa de argumentos para su justificación ante el hipotético interlocutor o lector” (p. 13). Por otra parte, la sonrisa constituye un elemento permanentemente presente, a modo de contrapunto en esta indagación que el autor califica de “heterogénea y libérrima” y, a la vez, de “cómplice” porque “respeta los límites del pudor a la antigua usanza, mantiene el compromiso de veracidad en lo esencial y solo se ocupa de experiencias más o menos comunes, de aquello que con diferentes matices pudo vivir cualquier muchacho de la época” (p. 19). Ese ejercicio de memoria, mediante el que el autor se embarca en un viaje por el tiempo de su infancia y adolescencia, se articula en doce capítulos al frente de cada uno de los cuales figura el nombre del personaje que ha servido como desencadenante del proceso evocador. Personajes, en unos casos, cuya existencia transcurrió en el anonimato o sólo tuvieron reconocimiento en el reducido ámbito de la capital de provincias escenario de sus historias; en otros, se trata de figuras que pudieron alcanzar una cierta relevancia mediática pero cuya popularidad se eclipsó con rapidez. Desfilan, así, por estas páginas John Moore, un vagabundo popular en el Alicante de preguerra, superviviente de la explosión en 1913 de un barco en el que trabajaba como cocinero y cuyos restos mortales, según cierta leyenda urbana, pudieron ser confundidos con los de José Antonio Primo de Rivera y trasladados solemnemente al monasterio de El Escorial. El capítulo segundo gira en torno a la figura del letrista Jacobo Morcillo, autor de, entre otras canciones populares, Tengo una vaca lechera, mientras que el tercero se centra en Federico García Sanchiz conferenciante muy popular durante la inmediata posguerra, dueño de verbo “tan florido como frondoso” y especialista en el género de la “charla”. Los capítulos cuarto y quinto tienen como protagonistas respectivos al niño ajedrecista Arturito Pomar y a Rafael Cantalejo, alcalde de un pueblo andaluz que se hizo famoso como concursante en el programa de TVE Un millón para el mejor. Un actor portugués Virgilio Texeira, secundario permanente en varias películas heroicas de los años 40 y 50 sirve de punto de partida a las reflexiones que se desarrollan en el capítulo sexto, mientras que el cabo Rusty, compañero inseparable del perro Rin-Tin- Tin en la serie televisiva del mismo nombre, sirve como pretexto para la emocionada evocación del western que se desarrolla en el capítulo séptimo. Dos deportistas que gozaron de cierta popularidad mediática en aquellos años, el boxeador Pepe Legrá y el baloncestista Nino Buscató son los ejes en torno a los que se articula el relato en los capítulos octavo y noveno, mientras que los tres últimos parten de la evocación respectiva de las figuras del cantante francés Charles Trenet, la actriz Margarita García Sansegundo (quien bajo el nombre de Ágata Lys se convirtió en todo un símbolo erótico del cine español) y el twister “Chubby“ Checker. El grado del protagonismo de tales personajes varía considerablemente de un capítulo a otro y sus respectivas historias pueden ocupar desde varias páginas a unas pocas líneas. En todo caso, su función es la de mero catalizador que cumple el cometido de poner en marcha el proceso de evocación que la memoria del narrador lleva a cabo y en el que los elementos de la todavía incipiente cultura de masas constituyen un ingrediente primordial. Las referencias a tales elementos (películas, canciones, concursos y series de televisión, cómics, etc.) llenan las páginas de este volumen que van dando cuenta de la infancia y adolescencia del autor, quien, como he apuntado antes, renuncia cualquier veleidad de protagonismo para adoptar la posición del observador impenitente y reflexivo del mundo que se movía a su alrededor. Las referencias a los propios avatares biográficos (vida familiar, experiencias escolares, juegos y diversiones, amistades, el despertar de la adolescencia, los inicios de la concienciación política, etc.) están, obviamente, presentes pero casi siempre fuera de foco, como baliza imprescindible para el anclaje de esa realidad compleja y efervescente, ya ida, que ha intentado revivir en las páginas de este libro. Un libro que continúa la empresa de rescatar la memoria de la cotidianeidad de nuestro pasado reciente que viene llevando a cabo en otros títulos anteriores, aunque ahora con una mayor implicación personal. Empresa sin duda arriesgada de la que Juan Antonio Ríos ha salido exitoso a mediante lo que el denomina “una escritura sin orden ni concierto” pero “con propósito implícito de diálogo para jugar con la memoria, las consultas y la ficción” (p. 244). En la dosificación de esos tres ingredientes está, sin duda la clave de su éxito: la recurrencia a la imaginación para suplir los huecos de la memoria y dotar de vida a los recuerdos petrificados o borrosos; y una ardua tarea de investigación en todo tipo de archivos que ha proporcionado el rigor y la objetividad necesarios a un trabajo de estas características evitando la caída en la banalidad y en lo anecdótico. A ello hay que añadir el humor que preside todas estas páginas (combinado con la suficiente dosis de ironía mediante la que el autor logra mantenerse en una prudente e imprescindible distancia) y que determina que la sonrisa no desaparezca en ningún momento de la boca del lector desde que se sumerge en ellas. En definitiva, un libro altamente recomendable, editado con esmero por la prensas de la Universidad de Alicante y acompañado de un imprescindible, aunque quizá demasiado escueto, apéndice de documentos fotográficos.
 José Antonio Pérez Bowie
 Universidad de Salamanca

martes, 26 de septiembre de 2017

Suelas gastadas en la radio

A continuación, os paso los enlaces de las dos primeras entrevistas radiofónicas concedidas con motivo de la publicación de Suelas gastadas. La primera es de Radio Alicante (26-IX-2017) y la segunda del programa Marcapáginas, de Radio Capital, donde intervine el pasado día 22 de septiembre:

http://play.cadenaser.com/audio/085RD010000000064871/
http://capitalradio.es/audios/20170922_MARCAPAGINAS.MP3

jueves, 21 de septiembre de 2017

El primer escrito sobre Suelas gastadas


Suelas gastadas ya circula y Rosa Belmonte acaba de publicar un texto donde se cita la experiencia periodística de un Luis Cantero que, de estar vivo, permanecería probablemente asombrado ante la evolución de Barcelona.

domingo, 10 de septiembre de 2017

Los protagonistas de Suelas gastadas

A continuación, os presento a los protagonistas de Suelas gastadas. Periodistas y escritores en tiempos de cambio (II República y Transición), que acaba de aparecer como coedición de la editorial Renacimiento y el Servicio de Publicaciones de la Universidad de Alicante:


Ignacio Carral fue uno de los periodistas republicanos más osados e innovadores.


Paco Candel compaginó el periodismo y la literatura para dar testimonio de los barrios populares de Barcelona.


Luis de Sirval fue un brillante periodista republicano asesinado por legionarios en 1934.


 Ramón J. Sender fue el autor de los polémicos reportajes sobre la revuelta de Casas Viejas.


Xavier Vinader fue un ejemplo del periodismo de investigación durante la Transición.


Manuel Delgado Barreto ejemplifica la sátira reaccionaria en la prensa de la II República.


La autodidacta Lusia Carnés cultivó el periodismo y la literatura al servicio de los ideales republicanos.


Fernando Vizcaíno Casas compaginó periodismo y literatura al servicio de la nostalgia durante la Transición.


Luis Cantero pasó de la literatura al periodismo para "escandalizar" a los lectores con sus reportajes en Interviu.











jueves, 31 de agosto de 2017

¡Ya tenemos web!

Gracias a la colaboración de mi hijo, ya disponemos de una web desde la cual facilitar información sobre mi actividad investigadora y facilitar el acceso a la misma.

http://rioscarratala.com/


viernes, 18 de agosto de 2017

Mao en Alicante

Mi colega Javier Barreiro me manda una noticia publicada en el Diario de Zamora (véase abajo) donde el periodista alicantino Emilio Chipont afirma, con absoluta seriedad, que Mao Tsé Tung estuvo en Alicante durante la Guerra Civil.
Al parecer, y aunque no se cite, la fuente que contradice la biografía oficial del líder chino es un limpiabotas del alicantino hotel Samper. El periodista la tomó como digna de crédito y, puestos a imaginar, añadió que Mao estuvo enamorado de una vedette de la compañía de Tina de Jarque -una habitual de este blog-, disfrutó de las mejores viandas alicantinas y llegó a rivalizar con Wenceslao Fernández Flórez en su elogio a nuestra ciudad: "Bella tierra de naranjas este Alicante, que con su sol, su luz y su cielo nos acerca a Buda y al Paraíso".
Resulta difícil imaginar a Mao en una pensión de la alicantina calle Sagasta o en francachelas con otros miembros de las Brigadas Internacionales en "La chica guapa". No obstante, la historia inventada por un limpiabotas que conoció a un chino y propagada por un periodista que dejó para mejor ocasión la necesidad de contrastar la "noticia" merece el recuerdo de lo curioso. Y hasta una investigación, que aparecerá en un futuro libro dedicado a la España pintoresca del franquismo.




Diario de Zamora, 16/05/1962

La prueba de que Mao fue un entusiasta de la paella. Fuente: Google y Photoshop

lunes, 14 de agosto de 2017

Colegas de la conducción


El diálogo de los protagonistas, mientras se fumaban un pitillo, debió ser de tú a tú y sin complejo de inferioridad por parte del minusválido situado a la izquierda. La ironía supone una constante en la obra de Ramón Masats, un intuitivo fotógrafo capaz de utilizar el contraste en lo cotidiano para captar imágenes tan insólitas como verosímiles. El requisito es tener la mirada entrenada y la intuición de quien sabe de la presencia del humor en cualquier esquina, siempre a la espera de un observador atento que no busca necesariamente la burla tantas veces presente en lo irónico.
La instantánea de Ramón Masats podría ser un fotograma de cualquier película coetánea de Luis G. Berlanga o Marco Ferreri. Rafael Azcona habría disfrutado al verla, mientras escribía historias de jubilados empeñados en quedarse minusválidos para evitar la soledad y realizar excursiones al campo en El cochecito (1960). El visto en la foto es mucho más humilde y su utilización no resultaría fruto del capricho, absolutamente justificado, de un señor tan respetable como el personaje interpretado por Pepe Isbert. El asiento parece un sillón de mimbre reconvertido gracias a la pericia de un manitas del barrio y la tracción es similar a la de una bicicleta, aunque los pedales hayan sido sustituidos por unas manivelas. El vehículo del minusválido es propio de la España autárquica donde tantas veces se comprobó que la necesidad agudiza el ingenio; o la improvisación, que es una respuesta tan socorrida como carente del prestigio de lo clásico.
La endeblez del vehículo con manivela contrasta con el poderío de la apisonadora de Cubiertas y Tejados S.A. La enorme máquina está lista para iniciar o continuar el asfaltado de una carretera, tal vez en el extrarradio de Madrid –por el edificio situado al fondo- o en las afueras de un pueblo tan sorprendido ante la llegada del armatoste como Villar del Río. Allí, en medio de la expectación popular, también paró una apisonadora. Los trabajadores que la conducían no tenían tiempo de hacerse un cigarrillo con las autoridades ni de contemplar las calles engalanadas, pero anunciaron la inminente llegada de los americanos; es decir, la modernidad apenas entrevista, al menos por los desencantados pueblerinos a los que todavía el alcalde les debe una explicación. El minusválido o discapacitado tampoco la conocería porque estaba acostumbrado a que nadie le diera explicaciones y, curioso en su deambular para vender cupones o lo que fuera preciso, no tuvo reparo en aparcar «el cochecito» junto al monstruo mecánico y pegar la hebra con su conductor, que le atiende desde la «cabina» de su aplastante montura.
La foto de Ramón Masats no permite conocer la temática de la conversación entablada por los protagonistas, que sería dispersa y superficial como corresponde a la ocasión. El objetivo del minusválido era probablemente hablar con su colega conductor y, tal vez, intercambiar impresiones sobre las dificultades o las posibilidades de sus respectivos vehículos. La comparativa de sus prestaciones salta a la vista. El tema daba para un cigarrillo bien fumado y, sobre todo, la conversación evitaría la soledad de quien dependía de una silla de ruedas en una época donde esta circunstancia era una desgracia sin apenas paliativos.
El humor del período franquista está repleto de tullidos, cojos, mancos… que, lejos de esconder su condición o recurrir al eufemismo, dan aliento a la vertiente más negra de la risa nacional. Los excesos de muchos humoristas fueron evidentes, así como la falta de respeto o de sensibilidad de quienes se rieron de la desgracia ajena. La crítica en este sentido parece una obviedad de lo políticamente correcto, pero también cabe pensar en la espontaneidad del hombre que se acerca a charlar con el conductor de la apisonadora. El gesto genera un contraste y el mismo, captado por la cámara, provoca la sonrisa del observador gracias al tratamiento dado por Ramón Masats.

Al igual que la de Rafael Azcona, la mirada del fotógrafo no hace sangre en el humilde y respeta la dignidad de los protagonistas de sus fotos, que nunca protestaron al verse retratados e inmortalizados como personajes anónimos. El derecho a la imagen propia era un futurible en aquella España del blanco y negro, pero a la vista de tantas instantáneas desinhibidas también podemos pensar en la naturalidad de lo que fluye a la espera de una mirada atenta, aquella que sin sobresaltos ni énfasis nos recuerda con una sencillez extrema que dos colegas de la conducción podían echar un pitillo y pegar la hebra. Esa fluidez es vida, sin corsé y proclive al espectáculo de lo dispar.

sábado, 12 de agosto de 2017

Los piropos

Francesc Catalá Roca 1959

Xavier Miserachs 1962

Carlos Arniches era un hombre de humor y, sobre todo, un creyente en la bondad natural de quienes poblaban sus obras teatrales. Ambas circunstancias le llevaron a imaginar una academia donde los discípulos aprendían el método Gorritz, que resultaba infalible en materia de piropos ingeniosos, oportunos y capaces de derrumbar cualquier resistencia femenina. El propio Gorritz ejerce de maestro en el arte del requiebro, pero al final recibe una lección porque su edad y condición de casado siempre son risibles en combinación con los lances del deseo. La tradición del teatro como escuela de costumbres así lo dictamina, mientras la realidad deambula por otros derroteros menos proclives a la sonrisa y la comprensión.
El piropo viene de largo y puede ser de tantos tipos que ha propiciado monografías como la del profesor José Luis Calvo Carilla. Las fotos de Francesc Catalá Roca y Xavier Miserachs no permiten imaginar unos piropos ocurrentes, graciosos y hasta poéticos. Los rostros y las actitudes de los protagonistas desmienten esta posibilidad. El lanzado en la Sevilla de 1959, probablemente después de una procesión de Semana Santa por las sillas puestas en la acera y el tiempo lluvioso, indica un descaro no exento de chulería. El piropeador se siente no solo impune, sino también protegido por los representantes del poder eclesiástico y militar, el franquismo en definitiva, que provocaba temores en muchas materias mientras exhibía una complaciente actitud ante los excesos de la testosterona.
Las víctimas sevillanas desconfían de las autoridades allí presentes, si las  vieron, y optan por endurecer el gesto, acelerar el paso, mirar adelante para evitar el rostro chulesco del agresor y, una de ellas, poner la mano sobre el pecho, pretendiendo así tapar aquella parte del cuerpo que pudiera haber incitado al piropeador. No parecen mujeres especialmente atractivas ni jóvenes. Ambas solo son «responsables» de estar en la calle y cruzarse con un tipo solitario, de aquellos que tomaban un coñac Soberano sin saborearlo y después desplegaban unas artes de seducción capaces de espantar a cualquiera, aunque algunos, justo al lado, opten por seguir hablando de lo lucido de la procesión a pesar de la amenaza de lluvia.
El piropo recogido por la cámara de Xavier Miserachs en 1962 nos invita a pensar en un fotógrafo especialmente dotado para «el momento decisivo» del que hablara Henri Cartier-Bresson. Tal vez el catalán intuyera que la presencia de un nutrido grupo de jóvenes, procedentes de un centro masculino de bachillerato, era la estopa a la espera del fuego de una joven que se cruzara por el camino. Xavier Miserachs decidió seguir los pasos de esos alborotados chicos por la Vía Layetana. La intuición favorece el azar y, justo en ese momento, la cámara recogió el salto del piropeador, que con el ímpetu de las hormonas provoca la maniobra de regate de una mujer que, lejos del susto, aparece con un rostro de hastío y rabia ante la insolencia del jovenzuelo. Incluso pudo haberle propinado un manotazo como respuesta. Mientras tanto, el resto del grupo ríe la gracia del asaltador y refuerza el espíritu gregario donde cualquier «lanzado» se siente a gusto porque ostenta un liderazgo, aunque sea momentáneo.
El sevillano es un solitario que mira a las mujeres con el descaro del veterano. El barcelonés se sabe en grupo, es joven y recurre a una puesta en escena más espectacular para provocar la risotada de los compañeros. La joven le esquiva con peligro para su integridad porque camina por una calzada donde hay coches. Nadie parece recalar en la presencia del fotógrafo y la escena se desarrolla con la espontaneidad de lo tan acostumbrado como risible, de acuerdo con la mentalidad imperante en la época. Xavier Miserachs testimonió el acoso y derribo de una joven bajo la coartada de un piropo gregario. Los comentarios, al cabo de los años, casi sobran por su obviedad para quienes somos conscientes de la selva de donde venimos, que no era privativa del franquismo, tal y como demuestran las numerosas fotos coetáneas dedicadas al piropo en diferentes países.

La instantánea es reveladora. Todo queda claro y nítido para provocar la emoción del observador. La consiguiente reflexión habrá ganado consistencia con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres, pero las fotos geniales deben guardar alguna interrogante. Visto el rostro del joven situado en primer plano, casi chupando cámara sin saberlo, cabe preguntarse si era consciente de lo sucedido a sus espaldas. Tal vez sí, o no; incluso es probable que haya fallecido sin saberse protagonista de una foto célebre. En cualquier caso, parece ir a lo suyo sin mayores problemas, como si tuviera prisa y despreciando el peligro de andar por la calzada, porque esto de los excesos en el piropo solo interesaba a miradas atentas como la de Xavier Miserachs. El resto reía de la gansada de un compañero o hablaba de lo lucido de la procesión.

viernes, 11 de agosto de 2017

¿Fue gol?


Ramón Masats, 1961


Un guardameta seminarista, con sotana, capaz de realizar una fotogénica estirada para evitar un gol es una imagen cuya cotidianidad ahora parece insólita. Ramón Masats la captó en 1961, cuando el catalán visitó un seminario de Madrid para realizar un reportaje periodístico. A su salida, el todavía joven fotógrafo se topó con un partido de fútbol donde los jugadores de ambos equipos defendían el mismo color: el negro de las sotanas. Tal vez los seminaristas se confundieran entre sí y con el árbitro durante su ejercicio nada espiritual, pero también cabe confiar en la natural disciplina de estos jóvenes a la espera de la tonsura para que el encuentro discurriera por los cauces de la deportividad.
El partido debió tener sus momentos de tensión y hasta de agresividad fruto de la edad de los jugadores. La sudorosa fogosidad evacúa los efectos de la disciplina. En cualquier caso, los posibles excesos serían veniales hasta para la doctrina del nacionalcatolicismo, siempre comprensiva ante los imperativos de la virilidad. No obstante y, ante la imposibilidad de recurrir a un caño para superar al defensa provisto de sotana, algún alocado seminarista atacaría a las bravas hasta caer derribado por una zancadilla. La acción antirreglamentaria merecería la pena máxima que se deduce por la posición de los jugadores en la foto y, dada la oportunidad, Ramón Masats se aprestó a sacar la instantánea.
La ausencia de redes, y de cualquier indicio de una cancha en condiciones, permitió al fotógrafo situarse detrás de la portería, que por metonimia suponemos al observar el poste derecho. La imagen de un gol encajado por la Iglesia era problemática a principios de los sesenta, pero quedaba disculpada por la juventud de los protagonistas y la circunstancia de que el delantero también profesaría poco después. No cabía decantarse por uno u otro equipo y, por supuesto, la atención del observador se centra en la espectacularidad de la estirada, que merecía quedar culminada con una parada o un despeje.
Nadie duda del mérito del entusiasta portero, pero si observamos la fotografía con la atención de los malintencionados o iconoclastas comprobaremos que el balón oculta una parte de su mano derecha, es decir, el esférico había superado al guardameta. El gol parece inevitable en tales casos. No obstante, la ausencia de defensores nos hace suponer un penalti, que sería ejecutado por el seminarista situado a la izquierda de la fotografía. Si así fuere, la trayectoria del balón bien pudo lamer el poste, pero por fuera.
La estirada del guardameta fue, en definitiva, tan digna de quedar grabada en la memoria colectiva como inútil, bien porque el seminarista llegó tarde o porque el delantero tuvo mejores días en cuestión de puntería. Apenas importa, pues la espectacularidad de lo excepcional gusta más que la efectividad de lo previsible. El futuro párroco no pararía el balón, pero ganó la inmortalidad gracias a su atlético desafío a la gravedad y la penitencia de un golpetazo notable, así como algún desgarro en la sotana de diario. El precio del dolor en la cadera y el probable castigo por «el siete» en la prenda lo pagaría el portero con la sorpresa de que, gracias a la mirada irónica de Ramón Masats, su gesta pasó a la posterioridad. La fotografía estuvo durante años en una parroquia de Madrid para orgullo del protagonista, pero también como recordatorio de que la verdadera inmortalidad es un instante de plenitud como el de aquella prodigiosa e imprevista estirada, aunque fuera inútil.

viernes, 21 de julio de 2017

La portada del nuevo libro


La editorial Renacimiento me acaba de mandar la portada de Suelas gastadas, un nuevo volumen dedicado a escritores y periodistas que saldrá publicado en otoño. La imagen corresponde a Ignacio Carral, uno de los mejores periodistas del período republicano y un ejemplo de quienes decidieron gastar sus suelas en busca de una realidad cambiante.


jueves, 13 de julio de 2017

Nuevo monográfico

Quaderns de cine es una revista que dirijo desde hace más de una década. En esta ocasión, nuestro monográfico del curso lo hemos dedicado a las relaciones entre el cine y el teatro. Se puede consultar en rua.ua.es