jueves, 31 de agosto de 2017

¡Ya tenemos web!

Gracias a la colaboración de mi hijo, ya disponemos de una web desde la cual facilitar información sobre mi actividad investigadora y facilitar el acceso a la misma.

http://rioscarratala.com/


viernes, 18 de agosto de 2017

Mao en Alicante

Mi colega Javier Barreiro me manda una noticia publicada en el Diario de Zamora (véase abajo) donde el periodista alicantino Emilio Chipont afirma, con absoluta seriedad, que Mao Tsé Tung estuvo en Alicante durante la Guerra Civil.
Al parecer, y aunque no se cite, la fuente que contradice la biografía oficial del líder chino es un limpiabotas del alicantino hotel Samper. El periodista la tomó como digna de crédito y, puestos a imaginar, añadió que Mao estuvo enamorado de una vedette de la compañía de Tina de Jarque -una habitual de este blog-, disfrutó de las mejores viandas alicantinas y llegó a rivalizar con Wenceslao Fernández Flórez en su elogio a nuestra ciudad: "Bella tierra de naranjas este Alicante, que con su sol, su luz y su cielo nos acerca a Buda y al Paraíso".
Resulta difícil imaginar a Mao en una pensión de la alicantina calle Sagasta o en francachelas con otros miembros de las Brigadas Internacionales en "La chica guapa". No obstante, la historia inventada por un limpiabotas que conoció a un chino y propagada por un periodista que dejó para mejor ocasión la necesidad de contrastar la "noticia" merece el recuerdo de lo curioso. Y hasta una investigación, que aparecerá en un futuro libro dedicado a la España pintoresca del franquismo.




Diario de Zamora, 16/05/1962

La prueba de que Mao fue un entusiasta de la paella. Fuente: Google y Photoshop

lunes, 14 de agosto de 2017

Colegas de la conducción


El diálogo de los protagonistas, mientras se fumaban un pitillo, debió ser de tú a tú y sin complejo de inferioridad por parte del minusválido situado a la izquierda. La ironía supone una constante en la obra de Ramón Masats, un intuitivo fotógrafo capaz de utilizar el contraste en lo cotidiano para captar imágenes tan insólitas como verosímiles. El requisito es tener la mirada entrenada y la intuición de quien sabe de la presencia del humor en cualquier esquina, siempre a la espera de un observador atento que no busca necesariamente la burla tantas veces presente en lo irónico.
La instantánea de Ramón Masats podría ser un fotograma de cualquier película coetánea de Luis G. Berlanga o Marco Ferreri. Rafael Azcona habría disfrutado al verla, mientras escribía historias de jubilados empeñados en quedarse minusválidos para evitar la soledad y realizar excursiones al campo en El cochecito (1960). El visto en la foto es mucho más humilde y su utilización no resultaría fruto del capricho, absolutamente justificado, de un señor tan respetable como el personaje interpretado por Pepe Isbert. El asiento parece un sillón de mimbre reconvertido gracias a la pericia de un manitas del barrio y la tracción es similar a la de una bicicleta, aunque los pedales hayan sido sustituidos por unas manivelas. El vehículo del minusválido es propio de la España autárquica donde tantas veces se comprobó que la necesidad agudiza el ingenio; o la improvisación, que es una respuesta tan socorrida como carente del prestigio de lo clásico.
La endeblez del vehículo con manivela contrasta con el poderío de la apisonadora de Cubiertas y Tejados S.A. La enorme máquina está lista para iniciar o continuar el asfaltado de una carretera, tal vez en el extrarradio de Madrid –por el edificio situado al fondo- o en las afueras de un pueblo tan sorprendido ante la llegada del armatoste como Villar del Río. Allí, en medio de la expectación popular, también paró una apisonadora. Los trabajadores que la conducían no tenían tiempo de hacerse un cigarrillo con las autoridades ni de contemplar las calles engalanadas, pero anunciaron la inminente llegada de los americanos; es decir, la modernidad apenas entrevista, al menos por los desencantados pueblerinos a los que todavía el alcalde les debe una explicación. El minusválido o discapacitado tampoco la conocería porque estaba acostumbrado a que nadie le diera explicaciones y, curioso en su deambular para vender cupones o lo que fuera preciso, no tuvo reparo en aparcar «el cochecito» junto al monstruo mecánico y pegar la hebra con su conductor, que le atiende desde la «cabina» de su aplastante montura.
La foto de Ramón Masats no permite conocer la temática de la conversación entablada por los protagonistas, que sería dispersa y superficial como corresponde a la ocasión. El objetivo del minusválido era probablemente hablar con su colega conductor y, tal vez, intercambiar impresiones sobre las dificultades o las posibilidades de sus respectivos vehículos. La comparativa de sus prestaciones salta a la vista. El tema daba para un cigarrillo bien fumado y, sobre todo, la conversación evitaría la soledad de quien dependía de una silla de ruedas en una época donde esta circunstancia era una desgracia sin apenas paliativos.
El humor del período franquista está repleto de tullidos, cojos, mancos… que, lejos de esconder su condición o recurrir al eufemismo, dan aliento a la vertiente más negra de la risa nacional. Los excesos de muchos humoristas fueron evidentes, así como la falta de respeto o de sensibilidad de quienes se rieron de la desgracia ajena. La crítica en este sentido parece una obviedad de lo políticamente correcto, pero también cabe pensar en la espontaneidad del hombre que se acerca a charlar con el conductor de la apisonadora. El gesto genera un contraste y el mismo, captado por la cámara, provoca la sonrisa del observador gracias al tratamiento dado por Ramón Masats.

Al igual que la de Rafael Azcona, la mirada del fotógrafo no hace sangre en el humilde y respeta la dignidad de los protagonistas de sus fotos, que nunca protestaron al verse retratados e inmortalizados como personajes anónimos. El derecho a la imagen propia era un futurible en aquella España del blanco y negro, pero a la vista de tantas instantáneas desinhibidas también podemos pensar en la naturalidad de lo que fluye a la espera de una mirada atenta, aquella que sin sobresaltos ni énfasis nos recuerda con una sencillez extrema que dos colegas de la conducción podían echar un pitillo y pegar la hebra. Esa fluidez es vida, sin corsé y proclive al espectáculo de lo dispar.

sábado, 12 de agosto de 2017

Los piropos

Francesc Catalá Roca 1959

Xavier Miserachs 1962

Carlos Arniches era un hombre de humor y, sobre todo, un creyente en la bondad natural de quienes poblaban sus obras teatrales. Ambas circunstancias le llevaron a imaginar una academia donde los discípulos aprendían el método Gorritz, que resultaba infalible en materia de piropos ingeniosos, oportunos y capaces de derrumbar cualquier resistencia femenina. El propio Gorritz ejerce de maestro en el arte del requiebro, pero al final recibe una lección porque su edad y condición de casado siempre son risibles en combinación con los lances del deseo. La tradición del teatro como escuela de costumbres así lo dictamina, mientras la realidad deambula por otros derroteros menos proclives a la sonrisa y la comprensión.
El piropo viene de largo y puede ser de tantos tipos que ha propiciado monografías como la del profesor José Luis Calvo Carilla. Las fotos de Francesc Catalá Roca y Xavier Miserachs no permiten imaginar unos piropos ocurrentes, graciosos y hasta poéticos. Los rostros y las actitudes de los protagonistas desmienten esta posibilidad. El lanzado en la Sevilla de 1959, probablemente después de una procesión de Semana Santa por las sillas puestas en la acera y el tiempo lluvioso, indica un descaro no exento de chulería. El piropeador se siente no solo impune, sino también protegido por los representantes del poder eclesiástico y militar, el franquismo en definitiva, que provocaba temores en muchas materias mientras exhibía una complaciente actitud ante los excesos de la testosterona.
Las víctimas sevillanas desconfían de las autoridades allí presentes, si las  vieron, y optan por endurecer el gesto, acelerar el paso, mirar adelante para evitar el rostro chulesco del agresor y, una de ellas, poner la mano sobre el pecho, pretendiendo así tapar aquella parte del cuerpo que pudiera haber incitado al piropeador. No parecen mujeres especialmente atractivas ni jóvenes. Ambas solo son «responsables» de estar en la calle y cruzarse con un tipo solitario, de aquellos que tomaban un coñac Soberano sin saborearlo y después desplegaban unas artes de seducción capaces de espantar a cualquiera, aunque algunos, justo al lado, opten por seguir hablando de lo lucido de la procesión a pesar de la amenaza de lluvia.
El piropo recogido por la cámara de Xavier Miserachs en 1962 nos invita a pensar en un fotógrafo especialmente dotado para «el momento decisivo» del que hablara Henri Cartier-Bresson. Tal vez el catalán intuyera que la presencia de un nutrido grupo de jóvenes, procedentes de un centro masculino de bachillerato, era la estopa a la espera del fuego de una joven que se cruzara por el camino. Xavier Miserachs decidió seguir los pasos de esos alborotados chicos por la Vía Layetana. La intuición favorece el azar y, justo en ese momento, la cámara recogió el salto del piropeador, que con el ímpetu de las hormonas provoca la maniobra de regate de una mujer que, lejos del susto, aparece con un rostro de hastío y rabia ante la insolencia del jovenzuelo. Incluso pudo haberle propinado un manotazo como respuesta. Mientras tanto, el resto del grupo ríe la gracia del asaltador y refuerza el espíritu gregario donde cualquier «lanzado» se siente a gusto porque ostenta un liderazgo, aunque sea momentáneo.
El sevillano es un solitario que mira a las mujeres con el descaro del veterano. El barcelonés se sabe en grupo, es joven y recurre a una puesta en escena más espectacular para provocar la risotada de los compañeros. La joven le esquiva con peligro para su integridad porque camina por una calzada donde hay coches. Nadie parece recalar en la presencia del fotógrafo y la escena se desarrolla con la espontaneidad de lo tan acostumbrado como risible, de acuerdo con la mentalidad imperante en la época. Xavier Miserachs testimonió el acoso y derribo de una joven bajo la coartada de un piropo gregario. Los comentarios, al cabo de los años, casi sobran por su obviedad para quienes somos conscientes de la selva de donde venimos, que no era privativa del franquismo, tal y como demuestran las numerosas fotos coetáneas dedicadas al piropo en diferentes países.

La instantánea es reveladora. Todo queda claro y nítido para provocar la emoción del observador. La consiguiente reflexión habrá ganado consistencia con el paso del tiempo y el cambio de las costumbres, pero las fotos geniales deben guardar alguna interrogante. Visto el rostro del joven situado en primer plano, casi chupando cámara sin saberlo, cabe preguntarse si era consciente de lo sucedido a sus espaldas. Tal vez sí, o no; incluso es probable que haya fallecido sin saberse protagonista de una foto célebre. En cualquier caso, parece ir a lo suyo sin mayores problemas, como si tuviera prisa y despreciando el peligro de andar por la calzada, porque esto de los excesos en el piropo solo interesaba a miradas atentas como la de Xavier Miserachs. El resto reía de la gansada de un compañero o hablaba de lo lucido de la procesión.

viernes, 11 de agosto de 2017

¿Fue gol?


Ramón Masats, 1961


Un guardameta seminarista, con sotana, capaz de realizar una fotogénica estirada para evitar un gol es una imagen cuya cotidianidad ahora parece insólita. Ramón Masats la captó en 1961, cuando el catalán visitó un seminario de Madrid para realizar un reportaje periodístico. A su salida, el todavía joven fotógrafo se topó con un partido de fútbol donde los jugadores de ambos equipos defendían el mismo color: el negro de las sotanas. Tal vez los seminaristas se confundieran entre sí y con el árbitro durante su ejercicio nada espiritual, pero también cabe confiar en la natural disciplina de estos jóvenes a la espera de la tonsura para que el encuentro discurriera por los cauces de la deportividad.
El partido debió tener sus momentos de tensión y hasta de agresividad fruto de la edad de los jugadores. La sudorosa fogosidad evacúa los efectos de la disciplina. En cualquier caso, los posibles excesos serían veniales hasta para la doctrina del nacionalcatolicismo, siempre comprensiva ante los imperativos de la virilidad. No obstante y, ante la imposibilidad de recurrir a un caño para superar al defensa provisto de sotana, algún alocado seminarista atacaría a las bravas hasta caer derribado por una zancadilla. La acción antirreglamentaria merecería la pena máxima que se deduce por la posición de los jugadores en la foto y, dada la oportunidad, Ramón Masats se aprestó a sacar la instantánea.
La ausencia de redes, y de cualquier indicio de una cancha en condiciones, permitió al fotógrafo situarse detrás de la portería, que por metonimia suponemos al observar el poste derecho. La imagen de un gol encajado por la Iglesia era problemática a principios de los sesenta, pero quedaba disculpada por la juventud de los protagonistas y la circunstancia de que el delantero también profesaría poco después. No cabía decantarse por uno u otro equipo y, por supuesto, la atención del observador se centra en la espectacularidad de la estirada, que merecía quedar culminada con una parada o un despeje.
Nadie duda del mérito del entusiasta portero, pero si observamos la fotografía con la atención de los malintencionados o iconoclastas comprobaremos que el balón oculta una parte de su mano derecha, es decir, el esférico había superado al guardameta. El gol parece inevitable en tales casos. No obstante, la ausencia de defensores nos hace suponer un penalti, que sería ejecutado por el seminarista situado a la izquierda de la fotografía. Si así fuere, la trayectoria del balón bien pudo lamer el poste, pero por fuera.
La estirada del guardameta fue, en definitiva, tan digna de quedar grabada en la memoria colectiva como inútil, bien porque el seminarista llegó tarde o porque el delantero tuvo mejores días en cuestión de puntería. Apenas importa, pues la espectacularidad de lo excepcional gusta más que la efectividad de lo previsible. El futuro párroco no pararía el balón, pero ganó la inmortalidad gracias a su atlético desafío a la gravedad y la penitencia de un golpetazo notable, así como algún desgarro en la sotana de diario. El precio del dolor en la cadera y el probable castigo por «el siete» en la prenda lo pagaría el portero con la sorpresa de que, gracias a la mirada irónica de Ramón Masats, su gesta pasó a la posterioridad. La fotografía estuvo durante años en una parroquia de Madrid para orgullo del protagonista, pero también como recordatorio de que la verdadera inmortalidad es un instante de plenitud como el de aquella prodigiosa e imprevista estirada, aunque fuera inútil.